Una cultura, todos los ismos (racismo, clasismo, pobrismo)
- Javier Gatti

- 2 ago
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Actualizado: 3 ago

El humanismo racista desató una guerra de almohadones en las redes. Racistas contra clasistas, clasistas contra pobristas y pobristas subiendo el tiro para esconder la tanga. Que gane el menos peor.
Alguien sostuvo alguna vez que, cuando grandes mayorías (voten o no) son incapaces de conectar sus penurias con quienes las planifican y producen, cuando la opresión es invisible y la explotación y el odio se centrifugan en el plano individual, ya no hay contra qué o quién revolucionar y una revolución pasa a ser cualquier cosa, incluso todo lo contrario. Imaginad entonces una discusión tan trucha y a la vez tan decisiva como ésta.
Esta vez no nos ocuparemos de Giannis Varoufakis y Pedro Rosemblat, que rankean alto para los algoritmos de Google, pero no respetan al paradigma cartesiano, porque primero hablan, luego son masivos y finalmente piensan, cuando ya es tarde.
Elevemos las citas entonces, con una frase que ningún postmarxista o liberal progresista se animaría a considerar un fallo de Carlos: “el capital viene el mundo chorreando lodo y sangre” (El Capital, Tomo I, Capítulo XXIV). El lodo de las periferias boscosas y selváticas y la sangre de miles de millones de originarios traficados y explotados como esclavos. La colonización de África, América y Asia produjo etno y genocidios inigualables en planificación y número, y sustrajo las riquezas que consolidaron el capitalismo moderno, y aún hoy sostienen el nivel de vida de imperios que hoy son países coloniales de “baja intensidad” y buena prensa, como Inglaterra, Francia, España, Alemania, Países Bajos y Bélgica, entre otros.
Durante tres siglos, esas potencias militares y culturales traficaron 12.5 millones de africanos (un tercio de los cuales murió en los tortuosos viajes) y los países receptores en América fueron Brasil (el 45% del total), las colonias del Caribe británico, francés y holandés (37%), las colonias hispanas como Argentina (11%) y Norteamérica (4%). Es cierto que el imperio árabe omaní traficaba humanos “no humanos” ya desde el año 650, y llegó a establecer un mercado de entre 11 y 18 millones de africanos, considerando a todo el Oriente Medio. Los humanos racialmente vaciados de humanidad y mercantilizados compusieron y componen así la abrumadora mayoría de las poblaciones del globo. Hay cálculo y renta montados sobre racismo y violencia, en la base cultural y política de todos los países, en el genoma de elites e incluso en el sentido común dominante de mayorías votantes.
Y toda esta operación económica, política, demográfica y finalmente cultural de escala global, convivió perfectamente con una doctrina filosófica que concebía al ser humano como autónomo y digno, capaz de formular una ética y moral que sostuviese su accionar, basada en la razón y la empatía. Eso fue y aún es el humanismo. Claramente, y al decir de Sartre, un humanismo racista y careta (del francés, hyporcrite), que circunscribía “lo humano” a sus propias poblaciones y fronteras, políticas y raciales.
Europa se forjó como el centro político y el ethos cultural de occidente fabricando esclavos y “monstruos” en las periferias (también discriminadores discriminados o negros-blancos), exportando un tipo de civilización arrasadora de toda diversidad. El mismísimo Sartre acierta al decir que fue y es vital deshumanizar antes de segregar o matar, porque cómo hacer ética, moral, cultural y religiosamente tolerable la reducción a servidumbre de millones, los golpes, las amputaciones y las violaciones seguidas de muerte?
Pues asimilándolos a algún tipo de condición animal o intermedia: entre animales y humanos hay mestizos, nativos, pardos, subproductos impuros de cruzas prohibidas pero inevitables, porque la condición humana es así, cede ante el morbo y una sed de apoderamiento que no tiene límites: el oro, la plata, la tierra y el agua y finalmente el cuerpo.
/// En este punto, nota sobre nuestro Miguel Cané:
El notable exponente de la generación del 80 y autor del manifiesto juvenil clasista “Juvenilia”, era también un paranoico sexual, un perverso que -en lugar de “niños encadenados y envaselinados” imaginaba a hordas de anarco comunistas e inmigrantes racialmente inferiores, tomando la virginidad pura y blanca de las juvenilias de la casta porteña. En palabras de Cané:
“Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todo, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca que es hoy la base de nuestro país. Cada día los argentinos disminuimos. Salvemos nuestro predominio legítimo (…) colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos nuestras compañeras. Entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él” (David Viñas, Literatura Argentina y Política, tomo I, p. 173).
Blanco, mestizos o negros: parias racializados
Pero volvamos a Sartre, el precursor del “amor necesario” no monógamo, que le hablaba a los europeos azotándolos conque “ya no somos el sujeto del razonamiento, somos el objeto, el sujeto mora en las colonias, en el lenguaje y la praxis revolucionarias de los colonizados”. No sucedió así, porque las multimillonarias maquinarias políticas y culturales norteamericanas y europeas se encargaron planificada y sostenidamente de eso. aunque la utopía de la emancipación siempre pueda “ser o no ser”.
Pero también porque esa argamasa institucionalmente planificada y arrasadora, reprodujo en las culturas coloniales prácticas supremacistas, discriminatorias, que terminaron convirtiéndose -más allá de micro o macro episodios aislados- en estructurales. Se crearon las condiciones de la “racialización” que generaron una multitud más o menos estable de parias racializados; por lo general, todos los que se oponían o resultaban “inservibles” al modelo político y económico capitalista. Afros esclavizados (que en 1778 representaban el 36,8% de la población del Virreynato), federales mestizos, gauchos pardos, aborígenes, blancos socialistas o anarquistas ateos, incluso judíos socialistas y comunistas de los progromos violentados por la Liga Patriótica Argentina al grito de “fuera extranjeros, maximalistas y judíos”.
Eran extranjeros y blancos, también judíos, pero la raíz del problema era la ideología, eran parias ideológicos demonizados, deshumanizados, violentados y hasta deportados (desde la Ley de Residencia de Cané y Roca hasta el Decreto que modifica la Ley de Migraciones de Milei); es decir racializados con mecanismos copiados de la discriminación racial originaria.
Incluso el primer Marx (1853) consideraba que la dominación colonial europea debía expandirse para desarrollar las fuerzas productivas en países con modos de vida y producción arcaicos; el mismo Marx que -en “la acumulación primitiva de El Capital”- señala que la burguesía europea implementaba la esclavitud para perpetrar un genocidio, aceptaría el exterminio de “civilizaciones atrasadas” con leves reparos y como condición previa a la creación de un proletariado fabril destinado a enterrar a esa misma burguesía, en India, en África, en América y en cualquier paraje virginal no europeo.
Hacer una nación, a través de una revolución de derecha o izquierda, un país en los términos de la modernidad capitalista o dictaduras comunistas, justificó decenas de miles de masacres, de etnocidios, de genocidios políticos y religiosos. Porque además, todos arrasan en nombre de la misma deidad revestida para la ocasión, Dios o Alá si teocéntricos, la Revolución o el Ismo que prefieran si laicos o ateos.
El blanqueamiento producido por el mestizaje en nuestro país y a lo largo de casi 250 años, ha desplazado al racismo etnocentrista y al racismo colorista original, por las cacerías ideológicas y el clasismo socio económico, que incluye al verdadero pobrismo que es la aporofobia. Esto es el desprecio y la hostilidad a los sectores económica y políticamente más vulnerables, aquellos a los que le falta todo lo que provee dignidad a la existencia humana, trabajo, vivienda, alimento, vestimenta, educación, salud, seguridad social, colágeno, dientes y finalmente alguien que les hable claro y sencillo, sin retóricas mesiánicas copiadas de las malas religiones. Porque alguna buena habrá.
En la contratapa de Cerrado por Melancolía, el eximio cuentista Isidoro Blaisten razonaba acerca de que “el humor es la penúltima etapa de la desesperación, te salva de la locura”. Pongámoslo así, si vas a ver una obra de teatro o al cine, y un personaje es negro, diaguita (o peor, una mezcla de ambos!), judío (o peor, palestino!), comunista (o peor, kirchnerista!), mujer (o peor, travesti!) y pobre...ya no te angustiás, las tiene a todas, te cagás de risa finalmente, porque la exacerbación de la tragedia es un paso de comedia.
A mí me encanta Blaisten, regalé varias veces ese libro y me divierte la ocurrencia, pero en la vida real la suma de dos o más de esas exclusiones es un sendero complejo, tortuoso y muchísimas veces una tragedia sin vueltas, de la que únicamente pueden reírse irónicamente un puñado de segregados y sobrevivientes y aquellos que diseñan y financian todos los artefactos culturales y represivos que perpetúan sus privilegios ideológicos, de raza y de clase.














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