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Carta para mí desde el 2050

  • Foto del escritor: Javier Gatti
    Javier Gatti
  • 31 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 1 ene


El bricolage artístico e ideológico ya eran una pesadilla plomiza hace 25 años. Las religiones y la política siguen siendo esta porno bajón, con diagnósticos para todo y soluciones para nada. Hay plataformas espaciales, reservas de lujo, comida cara o basura, árboles, maravillosas tecno boludeces y coger es menos amor que un paliativo terapéutico. Sólo queda una hora de luz, hay alguien ahí afuera?


Nunca imaginé que sería más grande que mi padre o mi madre; no sé adónde están mis hijes en este preciso momento, pero ya me acostumbré a esto, como al insomnio improductivo o el calor indefendible. En épocas más o menos espantosas, colectivamente angustiantes, individualmente apremiantes, siempre hubo cosas inimaginables: un Dios parlante y capaz de repartir más o menos bien peces, panes y parábolas motivadoras; el cartel rutero que dice "fin del capitalismo, bienvenidos a otra cosa"; el fin del peronismo, esa fase también capitalista repleta de aforismos y trucos capaces de paliar el daño que producían las otras, sin dejar de fabricar ricos riquísimos y pobres no tan pobres; el triunfo completo del amor sobre el odio, acaso la más ridículas de las fantasías humanas, de quienes aman como humanos y odian morbosa y profundamente, también como tales; los amores que cuando hacen más bien que mal se apagan automáticamente, que no empiezan fabulando a lo pavote, ni acaban rompiéndolo casi todo; y finalmente el mundo sin mí, que tanto hice por producir tifones revolviendo enérgicamente con bravas cucharitas, en bonitos vasos de vidrio, como en este preciso blog y en este preciso momento.


Al igual que al misógino de Bukowski "me gusta vagar por lugares cotidianos y saborear a la gente desde cierta distancia, no los quiero demasiado cerca, porque es cuando el desgaste comienza", cuando las razones por las que sigo teniendo fe en la raza humana, por las que sigo siendo ridícula y obstinadamente peronista se disuelven. Mis amigos me gustan mucho más, pero el momento de desaparecer para salvar mi religión de almas imperfectas, siempre llega. Y me voy sin aviso de retorno, para evitar ansiedades propias y ajenas.


"No hay nada mejor que el chiste que somos, lo serios que somos, lo estúpidos que somos, comprando medias, chicles, revistas, controles de natalidad, caramelos, spray y papel higiénico, deberíamos hacer una gran fogata", decía Buk. Y también autos, pastillas para soportar psicopatologías varias, ropa nueva o usada, dientes de repuesto, bebés de diseño, dólares, implantes capilares, drogas más o menos ilegales, más o menos discapacitantes y porqué no mascotas para mezclar peras con piedras y decir otra de las idioteces insuperables, incluso hoy que el fin del mundo jura llegar pronto: "más conozco a los humanos, más quiero a los animales".


Hace un cuarto de siglo decíamos con Lilian Ferro -un ser delicado y aguerrido a la vez, otra peronista a la que refinar su inteligencia no la hizo menos peronista pero tampoco próspera- que aún está milagrosamente por aquí, que el Siglo XXI estaba perdido para el igualitarismo, la dulzura, la inteligencia, la bondad y otras formas refinadas del amor. Ella decía "para el progresismo", pero para mí ese rótulo liberal pacato resulta poco agraciado, tipo "me puse lo primero que encontré para no parecer un hijo de puta".

Con el diario de hoy podríamos corregirnos, los primeros cincuenta años, no el siglo completo. No hay civilizaciones de millonarios trasplantadas a planetas aledaños (aquí hay billones de esclavos baratos, incluso agradecidos y transportarlos sería trasladar demasiada gente) y la tierra sigue siendo un paraíso, descascarado, ecológicamente agonizante, pero en disputa.


Y qué disputan? Me preguntarán desde aquí, que es allá, desde donde leen los que aún pueden leer más de 500 caracteres, los que aún saben leer por la pura superstición de suponer que ahí hay algo desde lo cual resistir alguna cosa, para algo en particular o general. Pues de todo, la comida, la educación de sus hijes, el trabajo de mierda y de subsistencia, cierta moda casi tribal, de trapos livianos, coloridos y sin textura para soportar los 50 grados promedio que cuecen la experiencia existencial cotidiana en cualquier estación, las pocas cápsulas urbanas saludables, donde gatos, perros y dueños (no hijos y padres, sin licencias Dreamworks) alucinan que un mundo menos hostil es posible y no está tan lejos de sus apilados y atestados monoambientes.


También hay gente puteando en las calles y mueren más enfrentados con las policías y fuerzas militares que tirándose de edificios y puentes. Del amasijo con sangre a veces surge algo, otras el sistema modula, reabsorbe y no pasa nada. Byung Chul Han ganó la mesa de saldos a la vez que ha perdido. Aún hay chicos y chicas perezosas que lo divulgan con cierta torpeza, citándolo sin memoria ni gracia, pero ninguno seduce ni gana una noche de sexo arrobado (embelesado, no de arroba). Vulgateando la derrota de la razón iluminada y las utopías emancipatorias, se coge poco y mal.


El miedo cambió de bando por mucho tiempo, los humanistas saben que corren con desventaja y riesgo de vida, el orgullo, la vergüenza y el descaro también. La revancha de los freaks, de los nerds, de los multimillonarios, de los estúpidos parlantes elevados por multitudes a la categoría de héroes, de las teologías de la prosperidad y la ignorancia, ha sido consumada a escala planetaria, pero a mí me duele la de acá, la del país del que nunca me fui, por tozudez y, acaso falta de coraje.


Pero debo decirme y decirles, que eso que imaginaron y hasta planearon en el pasaje entre el 31 de diciembre de 2025 y el 1 de enero de 2026, hace 24 años, con o sin copa en mano, en pleno señorío de la crueldad, abismados y asediados por la pasta base de la condición humana, no fue en vano ni tampoco una venta barata o cara de la derrota.


Sin defensa cotidiana de la alegría, sin hijes amorosamente criados para un mundo mejor que el que acabamos de estropear, sin amores honestos que no enfermen ni maten, sin proyecto ni programa para un barrio, una ciudad, un país y un mundo en donde nadie tenga hambre, frío o miedo de simplemente vivir, sin asociaciones, partidos o frentes, sin política, sin patria, sin justicia social, lo que entonces parecía una pesadilla pasajera puede durar cuatro o cinco generaciones humanas, es decir que será fatalmente un una eternidad.


Y recuerden siempre que nunca es una cuestión de elecciones, de acertar candidatos, que casi siempre se gana con los votos de varios millones que piensan muy distinto a nosotros, tanto que mañana o pasado podrían odiarnos y hasta matarnos sin culpa; y que ese sinsentido común, infiel y dominante, es lo que nunca hay que dejar de trabajar.


Hoy salió el sol para recordarme que falta por lo menos un capítulo, que aún hay tiempo.

A algunos de ustedes aún los veo, los abrazo y con muchos aún quiero cambiar algunas cosas. A muchos de mis muertos les agradezco ideas y pasiones legadas y esta felicidad que ya dura demasiado. Porque Rodolfito el burgués ya no está ni compone, pero acertó eternamente al decir que "nuevo es ser viejo, nuevo es morir, renacer cada día y volver a escribir".


Salud (física y mental), razón cartesiana y fe en que la piedra con la que tropiezo, con la que tropezamos, también es el camino.








 
 
 

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